Se acerca la hora. El color negro y blanco predomina en toda la Plaza. Acaban de llegar los hermanos mayores. Últimas palabras y juramento de silencio.
Después ¡Suenen los tambores! Impresionante.
La Cruz, los estandartes, penitentes en el centro de la procesión…
Muchos hermanos -encerrados en túnicas negras ceñidas en su cintura por una banda blanca y cubierta la cabeza con un capirote también blanco que solo deja ver los ojos- acompañan a los dos lados portando velas encendidas que forman un camino de luz.
La banda de tambores espera para colocarse delante y anunciar a nuestro Cristo del Silencio.
Detrás, la Virgen de las Lágrimas. Su rostro hacia el cielo como pidiendo un milagro. Su cara refleja el dolor de una madre viendo sufrir y morir a un hijo. Está llorando. Bajo un palio y cubierta con un manto precioso bordado con hilos de oro.
Después, en el fin del acto, el Descendimiento, fue bajado aquel santo cuerpo de la Cruz. Llegan dos santos varones Joseph y Nicodemus, y arrimadas sus escaleras a la Cruz, descienden en brazos el cuerpo de Jesús. La Virgen vio como llegaba el sagrado cuerpo a tierra, juntarse con ella para darle un lugar en sus brazos en la Piedad de su muerte. Es nuestra Piedad con el Hijo muerto sobre su regazo.
La procesión se acerca a la plaza de España. El aroma del tomillo y romero esparcido parece indicar que está llegando al momento más bonito y entrañable de la ncohe.
La banda de tambores se ha situado bajo la Lonja sin dejar de tocar y tocar.
El tiempo se detiene mientras desfilan todos los hermanos hacia la Iglesia hasta que han pasado todos.
Un golpe, dos golpes, tres golpes. El Cristo comienza su recorrido. Resuenan en la Plaza los tambores, caen los ojos, sube el cielo y callan, callan los tambores.
Después, brotando entre un sinfín de claveles blancos, la Virgen comienza el mismo recorrido. Repica un tambor y la Virgen llora. Otro silencio.
Un redoble y un tercer silencio. Una Madre con su Hijo y los tambores destemplados proclamando que, una vez que ha pasado la Piedad, volverá la calle a su rutina de sonidos, lo cotidiano, las voces, las sonrisas, los murmullos.
Ya estamos en la Iglesia. Jesús y su Madre frente al altar. Detrás, los dos fundidos en un momento de piedad. Esperad, no ha finalizado aún. Se recogen los claveles rojos que se llevarán al día siguiente al cementerio, en un acto solemne y pleno de emoción.



















