Son las diez. En la noche oscura, Alcañiz se inunda de la luz brillante que desprenden las túnicas de los hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno.
Nuestro mundo está lleno de colores. Los colores reflejan estados de ánimo y nos reflejan a nosotros mismos. Cada color es una simbología.
Observo y veo en azul, blanco y rojo. El azul se ha convertido en el color de todo aquello que deseamos que permanezca, que sea eterno. Además, el cielo es azul y Dios está en el cielo.
El color blanco es el más puro de todos, por eso representa a la pureza. Es el color protector de todos que aporta paz y que hace sentirse libre.
Después de muchos años, se incorporó un tercer color, el rojo. Es el color de la sangre, de la pasión y del fuego.
Desde la Plaza se observa la fachada de la Iglesia iluminada y a la derecha aparece una Cruz dorada y a los lados, pequeñas y numerosas luces de las velas que forman una línea irregular que se estrecha buscando las primeras imágenes en el centro, pequeños estandartes con símbolos de la Pasión.
Después la Cruz morada. El rojo y el azul de los lados se funden en un color de reflexión y templanza: el morado o violeta que enmarcan una cruz sola como símbolo que quedó en el Calvario después de esa semana de dolor. Está adornada en su base con flores que forman dibujos representativos de la Cofradía.
Siguen pasando por los lados cientos de hermanos de todas las edades con gran recogimiento.
Ya asoma el Cristo atado a la columna que recuperó un imaginero alcañizano.
Los tambores de la numerosa banda, que junto a las cornetas, marcan el ritmo lento que deben seguir los pies para dar uniformidad en el caminar de los pasos y acompañantes. Comienza el redoble, pie izquierdo, sigue pie derecho, para con seis pasos completar el toque.
La escolta romana inicia el camino que ha de recorrer Jesús por nuestras calles como escondidas en ese laberinto de los barrios más tradicionales y antiguos de nuestra ciudad.
El Cirineo le ayuda a soportar el peso de la Cruz. No nos quiere mirar, por eso busca hacia lo alto una mirada compasiva desde esos balcones de las calles estrechas. Encuentra a muchos rostros que le están observando y no le pueden ayudar. Observo sus manos, una sujeta la cruz y la otra con la palma hacia arriba tendida como pidiendo. ¿Qué pides? Nada. Yo doy. Su rostro está ensangrentado por la corona de espinas que cubre su frente.
Junto a ellos, La Verónica que adornada con manto blanco sujeto a la cabeza con aro de tela en forma de corona, acompaña con gesto compasivo mostrando el trozo de tela con la imagen que le ha quedado grabada después de secarle la faz, mientras unos le insultaban, otros le agredían, otros indiferentes. Es importante su presencia, porque lleva en esa tela todo el vía crucis que ha pasado por ese rostro ensangrentado que pudo ser secado por ella o por su madre María y que nos va enseñando para recordarnos, como en un resumen, todo lo que anteriormente hemos visto pasar.
Después todos juntos en la Plaza donde la banda de trompetas y tambores con una gran emoción y con la mayor intensidad, si cabe, despiden al Nazareno camino de la Iglesia donde quedará ese esfuerzo y esa satisfacción por haber finalizado con éxito.



















